Por Rodrigo Pincheira Albrecht.

Imborrables momentos. Así fueron las dos presentaciones del quinteto La Flor del Recuerdo junto con la Orquesta Sinfónica U. de Concepción en “Boleros inolvidables”. Todo gracias al recorrido por los territorios del discurso amoroso, sugerente y sensual del bolero. Puro melodrama, folletín, evocación de la modernidad sólida, libertad moral, dispositivo de sueño, realidad y deseo.
La Flor del Recuerdo fue directo a la emoción, al sentimiento hecho canción que activó la memoria y la pulsión, allí donde habitan personas, lugares, sucesos, memorias afectivas, amores y desamores en ese espacio de la imaginación y la ensoñación erótica. Dominio del deseo que no se parece a la mímesis ni al realismo, pócima embriagadora que Pablo Moraga, Cristóbal González y Ricardo Aguilera supieron preparar con el aroma poderoso de la nostalgia para cautivar y seducir con un magnífico trabajo de estupenda afinación y afiate instrumental con las percusiones de Cristián Gutiérrez y el contrabajo de Eduardo Rubio. Más sugerente fue el manejo de los armónicos y las dinámicas vocales al realizar cambios de intensidad que mutan de un sonido fino y a muy bajo volumen (pianísimo) a otros más altos, aunque la invitación siempre fue a la intimidad, casi callada, recogida, susurrante. Momento sublime fue la versión “a cappella” de “Demasiado tarde”, condensación y epítome de sus juegos vocales. Elegante, fino y casi siempre delicado, el trío vocal también articuló esos dispositivos latinoamericanos del sentir hiperbólico, del platonismo idealista arrobado en la exaltación del despecho erótico, romántico, idealizado y del misterio sensual.
La performance fue a ratos tan evocativa y convincente que por momentos pareció que estábamos en otro tiempo; en un viaje por esa cartografía de la calma, la mesura y la lentitud de las horas que no son las de la postmodernidad líquida, urgente y fugaz. Al contrario. Esa cadencia, que era puro pasado, fue epítome en las versiones de “Cómo fue”, “Vanidad” o “La hiedra”. En cambio, el toque de filin jazzístico, el anuncio de temporalidad, del “groove” sensual y ondulante vino con “La gloria eres tú”, “No me platiques más”, “Cómo fue” y la magnífica “Noche no te vayas”, con citas a esos extraordinarios Tres Ases y Tres Diamantes de México. Aunque el conjunto rindió un merecido tributo al bolero chileno con versiones de “Para que no me olvides” y “Vanidad”, debería considerar “Noche callada” de Jaime Atria, reconocida como una de las canciones nacionales de todos los tiempos.
El quinteto supo equilibrar con justeza un concierto compartido con la sinfónica penquista que interpretó orquestaciones sencillas, sin complejidades, con una escritura a veces impresionista, de timbre y color sugerente. Bastaba eso para que el protagonismo del bolero y la canción brillaran con todo su esplendor, igual que el requinto tocado por Cristóbal González de manera magistral. Atractiva la obertura orquestal del maestro Rodrigo Tapia, antesala y preparativo del rito que vendría después. Notable fue también el sonido. Una amplificación nada fácil pero que combinó de modo envolvente, equilibrado y sin exagerar el volumen para destacar los planos sonoros entre el trío y la orquesta.
La Sinfónica U. de Concepción continúa ampliando su ciclo de música popular y es evidente que está girando hacia el repertorio latinoamericano después de exitosos conciertos de autores chilenos. Esta vez con la Flor del Recuerdo fueron capaces de hechizar con la eufonía y la sensualidad del bolero, imaginario de emociones, canciones que se resisten al olvido y que aún hacen latir los corazones de un continente.